El alma del mar
De entre todas las capacidades del
Demonio al que iban a enfrentarse, una de ellas era saber con casi total
precisión, dónde se encontraban sus siervos.

Shum´kar-Gorath fue en vida un taumaturgo excelente con unos poderes
inagotables, tal fue el punto de su poder que tuvo una visión acerca de la
venida de la legión y fue así como llegó a un pacto con un demonio marino. La
criatura le concedió un poder y una responsabilidad enorme, velaría por las
criaturas que podrían acabar con el mundo si se lo propusieran, solo unos pocos
conocen la magnitud de las criaturas que habitan la profundidad del océano y su
labor es someterlas. Pero además de los poderes que heredó, ya disponía de un abanico
enorme de posibilidades. Así obtuvo su trono, pero es el mismo trono su
condena, y allí debe permanecer para que el océano no sea un caos absoluto.
De
entre todas las reliquias del mundo antiguo, solo unas pocas permanecen en el mundo,
aunque son más de las que nos imaginamos. No solo los pilares de la creación
son reliquias o artefactos singulares, hay muchas más, incluso fragmentos de
otros mundos o de los titanes, imbuidos de poder arcano que se enraízan a
objetos singulares por algún motivo que responde a fuerzas desconocidas incluso
para sí mismos.
Tal es el caso de “El alma del mar”, pocos la han tenido en sus manos y menos
aún han tenido la suerte de mantenerla en su poder, pues como ocurre con estos
artefactos que tienen casi alma propia, en ocasiones elige su propio destino y
cambia de propietario a voluntad. Este artefacto impide ser detectado de
cualquier forma sea física o mágica, ningún instrumento o ingenio puede
detectar a la persona o embarcación que lo posea y así lo desee, eso sí, debe
permanecer en el océano y es que este artefacto es ni más ni menos que restos
de espíritus primigenios, alamas antiguas que son parte del propio mar y
protegen a su custodio de miradas ajenas, tengan estas el poder que tengan,
pues incluso aunque se lo propusieran, ya sean los titanes o los señores del
vacío, tendrían serios problemas para detectar a alguien oculto con este poder.
Hacía
mucho que no viajaban hasta el antiguo almacén de Thraxass Lunaplata, pero allí
estaban, en la madrugada del norte de los Reinos del Este, caminando por
pasillos olvidados y pasajes secretos que conectaban casas diversas. Túneles
por los que pudo huir la Duquesa cuando despertó de su letargo de treinta años,
túneles que aún usaba Kharibdiss, la hermana del Kraken, para su propio
beneficio. Pasadizos que ocultaban grandes secretos y confinaban prisioneros
eternos que no debían salir de ahí. Y entre todos esos túneles, uno llevaba directamente
a un habitáculo pequeño, donde el viejo Thraxass Lunaplata ocultó los tesoros
más grandes que había conseguido obtener y que podrían suponer un peligro para
cualquiera que quisiera usarlos o si llegaran a caer en manos equivocadas o inexpertas.
El Kraken conocía ese habitáculo, de ahí consiguió robar a su propio padre el
Grimorio de las Almas, un volumen que buscó su abuela durante toda su vida y
que su padre escondió para evitar que las tendencias nigrománticas de su madre
no trajeran el caos al mundo. Por suerte lo robó para su hermana, pero dada la
dificultad de los sortilegios, a pesar de todo lo que ofrecían, solo consiguió
dominar uno, pero era el más efectivo. Lástima que ardiera durante el asedio de
Arthas a Lunargenta, habría sido útil obtener más conocimiento de él.
Llegaron a la puerta y pagaron el precio de sangre, ambos hermanos Lunaplata se
hicieron un corte en la mano y la pusieron sobre la puerta. Solo los descendientes
de Thraxass, además de él mismo, tenían acceso a esa cámara.
Accedieron
ambos hermanos y observaron las maravillas que había ante sus ojos y que mejor
preferirían olvidar en cuanto salieran de allí. Encontraron fácilmente la
reliquia, ese orbe de vidrio irrompible que dentro parecía contener la bruma
del mar embravecido, esta desprendía un olor a salitre inequívoco y en el
silencio total podía oírse el oleaje procedente de su interior y el viento
silbando las voces de las almas del propio mar, fundidas ya con este, todas
silbaban en una melodía embriagadora que te transportaba a la playa más
apacible que podrías recordar o al maremoto más terrible, la dualidad del
océano, esa dicotomía tan aterradoramente bella que solo sabían apreciar y amar
aquellos que tenían ese mismo salitre en sus venas.
Tomaron el orbe y se dieron la vuelta, pero el Kraken vio algo más que le llamó
la atención, algo que creía que no volvería a ver jamás. Una hoja brillaba en
la oscuridad reflejando su rostro con la nariz torcida. Tomó el arma por la
empuñadura y creyó oír, después de tantísimos años, la voz de Rhellor, su
hermano. Era su espada corta, que a pesar del polvo se mantenía en perfecto
estado, obra de alguno de los muchos sortilegios y encantamientos de los que
imbuyeron a aquella arma. No lo pensó en absoluto, simplemente la tomó y salió
de la cámara, y tras hacerlo la observó por última vez, sonriendo ante tales
maravillas, fruto del auténtico trabajo de su padre, que no era otro más que
recopilar artefactos de poder para evitar que cayeran en las manos equivocadas.
Observó los pedestales que había preparado para contener los Pilares de la
Creación y tras casi reír, se dijo para sí mismo.
- Tiene que estar revolviéndose en su
tumba allá donde esté.
Y fue entonces,
cuando subieron a aquella pequeña embarcación, cuando el mar dejó de moverse a
su alrededor, como si no estuvieran allí, rodeados por la bruma más extraña que
jamás les había rodeado. Subieron al barco y tomaron rumbo a Stromgarde. Y muy
lejos de ellos, en medio del océano una voz gritaba al cielo del océano
maldiciendo al Kraken, pues tras tanto tiempo y sin saber por qué, de algún
modo que escapaba a su comprensión, este había desaparecido de su vista, y sus
ojos color ámbar no le encontraban en ningún lugar, ni en medio del mar ni en
ningún continente, y sabía que esto no podía ser buena señal.
A pesar de todo, y hubiera hecho lo que hubiera hecho, ya pesaban los milenios
y temía que empezar a prepararse pues hacía ya tiempo que cuando intentaba
tener visiones del futuro, solo conseguía ver pinceladas borrosas y esas risas,
las risas de esos seres que desconocía en aquellas salas, mientras un dolor
inimaginable le recorría el cuerpo al tiempo que notaba como le arrancaban algo
que tenía dentro, esa luz roja que transpiraba su cuerpo, ese dolor, los
gritos. Nada bueno auguraba el futuro y lo sabía.
Por primera vez en milenios, el Demonio de ojos ámbar tenía miedo.
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