II. Arcanista de Alquiler

 Arcanista de Alquiler

            Keliahganar dio un sorbo a lo que estaba tomando, mientras observaba al Kraken de arriba abajo.
- ¿Por qué cada vez que nos reunimos vienes con cosas tan rimbombantes?
- Porque sé que eres la única que es tan valiente o está tan loca como yo cómo para comprobar si lo que quiero hacer, se puede hacer o no, a pesar de los riesgos que puedan surgir.
La ren´dorei dio un suspiro y se levantó de la mesa haciéndole una seña al Kraken para que le acompañara, a lo largo del pasillo pudo ver a Radcliffe observando a otros miembros del culto. Era curioso ver entre aquellos personajes a alguien del tamaño de Radcliffe, sobresaliendo casi un metro y medio por encima de las demás cabezas. El Kraken hizo el amago de saludarle, pero este estaba atento a algo más importante, como era típico en el, mantener la atención.
- ¿Cuánto hace que está el peludo con vosotros?- Comentó en un tono lo suficientemente bajo como para que sus oídos huargen no le pudieran oír.
- Eso no te incumbe, Kraken. Tenemos temas más importantes que tratar, concéntrate.
En la sala a la que llegaron se podía apreciar una estantería llena de libros que abarcaba la pared entera, proyectando una tétrica y amenazante sombra sobre el resto de la habitación, como si un ser gigantesco se estuviera abalanzando sobre ellos en la oscuridad. Keliah tomó uno de los tomos y tras buscar detenidamente y pensar por un segundo, al tiempo que miraba al Kraken de arriba abajo, rompió su silencio.
- Hay una posibilidad. Pero no puede hacerse aquí, tendríamos que abrir un portal a un lugar aislado de toda magia, casi como una falla, pero sin que fuera creado por el vacío.
El Kraken le devolvió la mirada con cara de póker y Keliah puso los ojos en blanco.
- Menos mal que eres guapo…o antes lo eras más…- Añadió con pena observando su envejecido rostro.- Hablo de una zona ajena a la magia, donde no pueda rastrearse nada, una zona donde solo estemos nosotros dos y lo que vayamos a hacer se quede en ese espacio, encerrado, sin que pueda salir para adherirse de nuevo a ti. Al estar en otro plano, no puede acceder a tu cuerpo y quedas libre de la corrupción, por mucho que te busque o quiera penetrar en ti, no podría acceder.
Aithor asintió al ver que por fortuna podía hacerse. Temía tener que enfrentarse a un poder como el de Shum´kar-Gorath al tiempo que hacía frente a los susurros. Eso sería una batalla imposible.
- ¿Qué necesito entonces?
- Un arcanista, y uno que sea realmente bueno en realizar portales, pero sobre todo, uno que no sea muy ortodoxo y le guste el riesgo.
Tras decir esto último Keliah sonrió pero el Kraken ni se inmutó, conocía a una arcanista capaz de eso, conocía a alguien tan loco como para que quisiera realizar el portal aunque solo fuera por curiosidad.

            En Elwynn, en una de las muchas casas que se ocultan entre la frondosa arboleda, camino a Crestagrana, vive una antigua maga. La hija del fundador de los Lobos de Azeroth, un grupo que actuaba en la Alianza.
La muchacha iba un poco a su bola, lo que se llamaba un culo inquieto en toda regla. Angie era su nombre y rondaría la cercanía a los treinta años.
Al llegar a la puerta de esta y abrirla, le devolvía la mirada con sus ojos castaños que se sorprendían de ver a aquel antiguo pirata acompañado de una elfa de la noche y un humano en el umbral de su puerta.
- ¿Se puede saber qué haces aquí? ¿Te han seguido?- Angie no dejaba de mirar de un sitio a otro hacia el bosque, como si estuviera esperando que apareciera alguien.
- ¿Por qué deberían seguirme?
- Yrix me busca.
El Kraken alzó las cejas, Yrix era un antiguo gladiador, un tipo extraño pero afable , un draenei excéntrico que conoció hace años, que fue quien le recomendó unirse a los Harford para hacer algo de dinero antes de volver a fundar la Compañía Lunaplata. Le contaron muchas historias sobre el, pero la última que llegó a sus oídos, fue que había muerto en la costa abrupta. Por eso se sorprendió al oír de boca de Angie que Yrix le estaba buscando.
- Angie, no sabes lo que le ocurrió a Yrix en la Costa Abrupta.
- ¿Estuvo allí?
- Y allí se quedó, según me contaron murió en el frente.
La chica se quedó pensativa por unos instantes, su cara de frustración hicieron que el humano se adentrara y le pusiera una mano en el hombro. Halcón era así, siempre dispuesto  ayudar, se tenía por el héroe de Azeroth, el próximo Adalid.
- Señorita, ¿si hay algo en lo que podamos ayudarle?
Angie miró la mano en su hombro y la apartó con una torta.
- No me toques, sé de qué palo vais todos los paladines. El héroe que toda damisela en apuros necesita y que promete y promete hasta que la mete, y después de haber metido se olvida de lo prometido.
Minerva por su parte observaba la situación tapándose la boca para que no se oyera la risa, ver a Halcón en esa tesitura, que se había puesto rojo como un tomate. Hacía tiempo que no se divertía tanto a costa de él.
Pasaron dentro y Angie aceptó sin problemas, obviamente tras imponer su abusiva tarifa y el Kraken aceptarla a regañadientes.

 


EPILOGO

            Fue fácil encontrarle al fin y al cabo, al fin tenía una pista y podía ir a por el. Pero cómo había conseguido eludir la mirada del amo, era una pregunta que tendría que responder. ¿Cómo podía actuar de forma tan libre siendo un recién llegado? El llevaba sirviendo a Shum´kar-Gorath desde hacía casi un siglo y jamás se le pasó por la cabeza el morder la mano que le dio de comer, en este caso, la mano que le dio poder. De todos modos había algo que comenzaba a formularse en su mente el propio Tassardur, ¿sería posible acabar con el yugo del Demonio que les sometía?
El ser alzó la mirada al bosque del Ocaso, que se alzaba tras las colinas del Paso de la Muerte. Está a pocas jornadas de aquí, quizás se le escaparía, pero ya lo tenía cercado.
El caballo huesudo que montaba relinchó tras ser espoleado, comenzó su trote que resonaba en el silencio de la noche, rodeado de un frío que helaba la sangre.



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