0. La despedida.


La despedida

Como ocurría últimamente, no había mucha gente por el barrio de magos, por eso habían quedado allí. La Compañía iba bien y era un buen momento para celebrar todo lo que habían conseguido, al menos eso era lo que la Hidra creía.

Comida y bebida en abundancia y varias historias precedieron a unos brindis que al Kraken se le antojaban amargos. La mirada cómplice de la Duquesa le ayudaba a soportar la carga de lo que tendría que decirle a su hija.  Sabía que no era justo, pero nunca ha sido este un mundo justo y lo bueno era que si salía bien, l equilibrio finalmente sería restituido. No más parches, ni soluciones temporal
es a un problema permanente que tenía varios cientos de años.
No había superado la vida y la muerte, sacrificado tanto en esta vida, tanto sufrim
iento y penurias, todo por acabar como siervo de Shum´kar- Gorath. El reinado del gusano de ojos ámbar debía terminar.

El silencio inundó la sala del reservado y tras otra mirada de los padres, alcanzó a reunir el valor suficiente para comenzar.
- Peque, el motivo de que estemos hoy aquí los tres solos, va más allá de lo que te habíamos comentado.
- ¿Por qué no me sorprende?¿Qué coño pasa ahora?…- Nyadra puso los ojos en blanco, sabía que siempre que su padre se citaba con ella no ocurría nada normal, pero si se habían citado a solas y entre ellos tres sin nadie más, no podía ser bueno.
A la expresión de su hija, el Kraken sonrió con cierta expresión taciturna mientras la Duquesa ponía una mano sobre la de su hija.
- Sé que a veces dan ganas de matarlo cielo, pero esta vez escúchale.
Madre e hija se miraron a los ojos como hacía tiempo que no se miraban, aunque estos últimos días habían estado más distantes intentando ponerse al día de todo lo que había ocurrido en casi treinta años, aunque las cosas eran diferentes ahora y casi algo incómodas, pero la unión de una madre con su hija es algo tácito que va más allá de a carne y de las leyes que se escriben o se toman por costumbre. Ella asintió a la Duquesa, y esta hizo lo propio con el Kraken, que tenía el visto bueno para continuar.
- Vamos a acabar con el gusano, el que traicionó a mi padre.
- ¿Estáis locos? – No le dejó acabar, sabía perfectamente por donde iba, no necesitaba mucho más para entender que era otra de las ideas locas de su padre. Ya daba últimamente señales de que no se adaptaba bien a estos nuevos tiempos y casi parecía que empezara a tener muchos pajaritos en la cabeza, más de lo que de costumbre. – Papá, está muy por encima de nosotros y lo sabes, no puedes entrar armado, no puedes hacerle nada y encima trabajas para él.- Buscaba en su madre algo de apoyo, algo de ayuda para hacer volver a la cordura a su padre. – ¡Por no hablar que es un maldito demonio papá! – Sentenció la Hidra aportando valor a su argumento.
El Kraken se limitó a mirar a su hija, sonreír y responder con su cara de canalla que la edad no le había borrado y a estas alturas ni la muerte lo haría, si le llegaba.
- Si no es complicado, no merece la pena.

 

            Hidra no dejaba de darle vueltas, rebatir y contra argumentar, pero era imposible, sus padres eran tercos como mulas. Lo que más le dolía era que no podría ir, la única forma de ir a la isla azabache es si te invitaban a ir o si ya habías estado allí. Y de hecho el propio Kraken la maldijo con la imposibilidad de poner un pie allí cuando cerró el pacto con aquel Gusano, para evitar problemas en el futuro, para evitar que su descendencia cometiera los errores de su padre. Simplemente se dejó caer sobre la silla, pues se había puesto en pié mientras discutía, daba vueltas de un lado a otro gritando a su padre y le había dado tiempo a fumarse dos cigarros.
- Si me decís esta mierda, es porque no sabéis si vais a volver verdad. – Esta vez fue el Kraken el que se puso en pie y se acercó a su hija.
- Creo que eres la más inteligente de la familia, con diferencia.- No podía evitar hacer coñas, ni aunque estuviera presenciando el fin del mundo. – No sé si volveremos o no, pero ahí está la magia de lo que siempre fuimos y seremos.  No hay travesía que te asegure un regreso certero, así que por qué preocuparse por algo que no puedes controlar.
Nyadra sonrió ante las tonterías de su padre, le miró y sin mediar palabra alguna disparó al techo de la estancia para luego comenzar a disparar balines, rompiéndole la nariz al instante y haciéndole caer de culo al parqué del reservado. El viejo Kraken solo pudo sorprenderse y llevarse la mano a la sangrante nariz mientras miraba a su hija y a su esposa con consternación.
- Eso, sin duda lo ha heredado de mi.- Comentaba sonriendo de forma socarrona la Duquesa mientras observaba la escena, permanecía tranquila con su característica sangre helada, sosteniendo la copa de vino con sus finos dedos, cubiertos con anillos de oro y joyas y bebiendo de forma elegante.
- ¿A qué viene eso maldita loca?- Le espetaba el Kraken mientras se levantaba, sin dejar de sostenerse la nariz.
- Tú lo has dicho imbécil, nunca se sabe si volverás o no y no voy a esperar a que vuelvas para dártelo, porque te lo has merecido muchas veces y te has librado, pero por si acaso hoy te veo por última vez, te lo llevas puesto. ¡Además espera a que se descargue porque luego voy a por las balas de verdad, ya que tantas ganas tienes de morir, so idiota!-  Le respondió la capitana a su padre con una sonrisa malévola, a lo que este solo pudo aceptarlo asintiendo con una ligera sonrisa.
Las noches empezaban a ser frías en Ventormenta.

            Había estado en muchas batallas, asaltos, naufragios y encerronas, pero hacía más de cien años que no le rompían su perfecta nariz, que ahora estaba amoratada y torcida. El espejo le devolvía un rostro que ya no reconocía, la juventud, el color de la piel, de su pelo y de sus ojos verdes. La nariz rota era lo de menos, al menos por ahora.
Ahora debía solucionar eso, doblegarse al vacío le había proporcionado gran poder, pero ahora le limitaba, por todo su ser sentía que debía estar al cien por cien si quería tener alguna oportunidad con el Gusano, y eso suponía renunciar a los susurros. Y si había alguien que podía ayudarle con eso, serían Elendiar o Keliahganar, y solo de pensar en cualquiera de los dos, le ponía la piel de gallina. Debía renunciar al vacío.

 

 

            EPILOGO

A miles de kilómetros de allí, sin posibilidad de acercarse a una ciudad tan pura, movía los hilos el lacayo del Gusano, que solo esperaba alguna señal de que el Kraken salía de su guarida, pera buscarle y que acudiera a la isla azabache. Tenían trabajo que hacer y Shum´kar- Gorath les reclamaba, pero esta vez el Kraken no había acudido a la  llamada. El trabajo se hizo, pero ahora Aithorelnass Lunaplata debía dar explicaciones a su amo y señor, pues su pacto con aquel Demonio, no podía quebrantarse. Lo traería aunque fuera a rastras por todo el fondo del océano.
Tassardur permaneció en silencio con su semblante frío, con su mirada de muerte, como un pelele de entrenamiento, mirando al vacío sin observar nada en concreto. Solo mirando, solo esperando.
Las noches ya eran bastante frías en aquella región.


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